Fedra, la ballena multicolor

 

 

Hola, mi nombre es Fedra y, aunque no lo parezca, soy una ballena gris.

 

        En altamar se viven aventuras muy interesantes y os podría contar unas cuantas historias, pero sé que al final me haríais la misma pregunta que todos me hacen: ¿por qué estás llena de puntitos de colores, si eres una ballena gris? Por eso, os contaré cómo me convertí en una ballena gris multicolor.

 

        Empezaré por deciros que, de todas las cosas hermosas que se ven el cielo; estrellas, la luna llena, los amaneceres y las puestas de sol, las nubes con formas extrañas…, lo que a mí más me gusta son los arcoíris. Por si alguien no lo sabe, un arcoíris es el reflejo de todos los colores, que se produce cuando un rayo de sol entra en una gota de lluvia. ¡Oh, qué bonito!, ¿verdad? Y por este motivo, mis días favoritos son los lluviosos. Suelo pasarlos preparada por si sale el sol y se forma un arcoíris, para flotar tranquilamente en la superficie mientras lo observo. Así pues, os podéis imaginar que he conocido muchos distintos.

 

        Recuerdo uno enorme, con cara de gruñón, que cuando se dio cuenta de que le estaba observando, me dijo:

        ─Tú, ¿qué estás mirando? ¿Tengo monos en la cara?

 

        Como me pareció que tenía muy mal genio, quise ser cordial y dije con mucha educación:

        ─Disculpa, no pretendo molestarte, es que me pareces muy hermoso, tan grande y con esos colores tan bonitos.

 

        ─Ya, ya, todo lo que tú quieras─ contestó ─pero no estoy aquí para gustarte a ti, ni para que te quedes mirándome como una boba. ¡Lárgate de una vez!

 

        Aun así, como la atracción que me producía contemplar algo tan bonito, era más poderosa que el miedo que causaba oírle hablar con un tono tan enfadado, me quedé mirándole de reojo hasta que desapareció.

 

        Hubo otro que, al darse cuenta de que le estaba mirando, empezó a colocarse el pelo y a poner posturitas para lucir sus músculos. Me guiñó un ojo y me dijo:

        ─ ¡Hola muñeca! ¿Te gusta lo que ves?

 

        La voz de este era de lo más agradable, pero esta vez sí que decidí sumergirme enseguida. Una cosa es que me guste un arcoíris y otra que quiera ligar con él.

 

        Bueno, a lo que iba, que cuando cuento cosas que me gustan, me enredo y pierdo el hilo de la historia.

 

        Un día que estaba contemplando un arcoíris grandote, me fijé en su cara y me pareció ver una expresión de felicidad inmensa, o de orgullo, o tal vez de ternura, no estaba muy segura. Entonces, me di cuenta de que él miraba fijamente hacia su derecha y comprendí que era una mamá arcoíris observando a su hijo, un pequeño arcoíris que asomaba a su lado.

 

        Seguro que ahora os resulta fácil imaginar la cara que estaba poniendo. Justo, era esa de “¡oh, que se me cae la baba!”, que ponen las mamás y los papás cuando miran a sus bebés.

 

        El pequeño arcoíris se fijó en mí y alargó sus manitas como queriendo tocarme. Su mamá le dijo:

        ─ ¿Te gusta?, es una ballena gris. ¿Has visto qué grande es y qué guapa?

 

        Bueno, podéis suponer qué orgullosa me sentí al oír eso. A todos nos gusta que digan cosas buenas sobre nosotros. Y, en agradecimiento a esa mamá que hablaba tan bien de mí y a ese bebé que me miraba entusiasmado, decidí dar un salto enorme en el aire y respirar con fuerza para soltar un gran chorro por mi espiráculo. Vale, vale, ya os lo explico. El espiráculo es la nariz de las ballenas. Sí, exacto, ese agujerito que tenemos encima de la cabeza. Mola, ¿verdad? Cuando expulsamos el aire, se forma ese chorro que parece una fuente. ¡Ay!, que ya me estoy yendo otra vez de la historia.

 

        En fin, lo que os iba contando. Al pequeño le encantó verme hacer eso y empezó a reírse, con esas carcajadas tan contagiosas de los bebés. Así es que, su madre y yo terminamos riéndonos también. La verdad es que era muy divertido ver cómo disfrutaba con algo tan simple como un chorrito.

 

        Pero, de repente, el gesto del bebé cambió. Ahora tenía cara de susto y ya no me miraba a mí, sino a lo que pudiera tener yo detrás. Me volví y yo también me asusté. Tenía muy cerca un tremendo barco ballenero y acababan de dispararme un arpón. Reaccioné enseguida y conseguí esquivarlo, pero el susto fue tan grande que me quedé paralizada. No era capaz de moverme, por eso, me quedé flotando en la superficie como si estuviera muerta.

 

        El pequeño arcoíris alargó sus brazos hacia mí y mientras me acariciaba con sus manos diminutas, rompió a llorar, pensando que el arpón me había alcanzado.

 

        Era muy triste ver al pobre arcoíris llorar tan desconsolado, pero a su vez, era un espectáculo precioso. De verdad, se parecía mucho a los fuegos artificiales, porque las lágrimas del bebé eran de todos los colores.

 

        Queriendo consolarle, hice un esfuerzo por desbloquearme y me di cuenta de que ya podía moverme, pero también pensé que si veían que me estaba moviendo desde el barco, a lo mejor volvían a dispararme.

 

        Todo esto no duró mucho tiempo, pero a mí se me hizo muy largo.

 

        La mamá arcoíris, al ver a su hijo tan asustado, se enfadó un montón, y cuando el peque comenzó a llorar, se puso a gruñir como una fiera y llamó a unas cuantas nubes de las que estaban por allí cerca.

        ─ ¿Habéis visto eso? ─ les dijo ─Ya están aquí otra vez. No me gusta nada lo que hacen con las ballenas. Y mucho menos que hagan llorar a mi hijo. Creo que se merecen un escarmiento.

 

        ─Estoy totalmente de acuerdo─ contestó una nube.

 

        ─Y yo─ dijo otra.

 

        ─Tenemos que hacer algo, ya mismo─ decidieron entre todas.

 

        ¡Dicho y hecho! Empezaron a moverse rápidamente. Lo primero que ocurrió fue que la lluvia, que hasta ahora era muy suave, se convirtió en un auténtico torrente. Y como las nubes seguían agitándose sin parar, comenzaron a caer rayos contra el barco. Yo aproveché todo ese jaleo para moverme, por fin, y consolar al pequeño.

 

        ─Tranquilo, estoy bien. No me han dado, ¿ves? ─ le dije. Y, al respirar profundamente, lancé otro de esos chorrillos que tanta gracia le hacían. Al instante, dejó de llorar y me sonrió de nuevo.

 

        Mientras tanto, su madre seguía con su plan. Ahora hablaba con dos vientos; Cecias, un viento experto en granizos; y Coro, un viento seco y helado. Les pedía ayuda para asustar a los tripulantes del barco, y que no volvieran a pensar nunca más en cazar una ballena. Al parecer, a los vientos les pareció buena idea.

 

        ─Ja, ja─ dijo Cecias ─verás qué pedruscos de hielo les voy a lanzar.

 

        Y Coro le decía:

        ─Yo me voy a restregar un ratito contra ellos, para que sepan lo que es pasar frío de verdad.

 

        Sin pensarlo dos veces, se pusieron a dar saltos como locos, haciendo que el agua se moviera formando unas olas gigantes que cubrían casi por completo el barco. Y después soplaron con todas sus fuerzas, empujándolo hacia la costa a toda velocidad. Las nubes les acompañaban con sus relámpagos y su lluvia torrencial. De forma que, según se fueron alejando, todo a nuestro alrededor volvió a la calma.

 

        Yo miré a la mamá arcoíris y le dije:

        ─Muchas gracias por tu ayuda. De no ser por la que has liado, me habrían vuelto a disparar y podrían haberme matado.

 

        ─No ha sido nada.─ me respondió ella ─Gracias a ti por hacer reír a mi hijo y por entretenerle mientras yo organizaba la tormenta.

 

        ─Pero si ha sido un placer, es un encanto.

 

        ─Ya, un encanto que te ha puesto perdida de lágrimas. No sé si conseguirás quitarte todas esas manchitas.

 

        Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llena de puntitos de todos los colores. Las lágrimas del bebé habían impregnado mi piel, y ahora parecía un fuego artificial con aletas.

 

        ─No te preocupes.─ dije con intención de tranquilizar ─Los arcoíris me gustáis, sobre todo, por la variedad de vuestros colores. Me agrada mucho más mi aspecto así que con el gris monótono y aburrido. No creo que se vean muchas ballenas con esta pinta.

 

        ─No, eso es cierto─ afirmó ella.

 

        Había dejado de llover y los dos arcoíris empezaban a desvanecerse. Yo di un gran salto en el aire y respiré de nuevo con fuerza. El pequeño arcoíris se volvió a reír  a carcajadas y, con esa demostración de alegría se alejó con su mamá.

 

        Es un bonito recuerdo, ¿no os parece? Desde entonces, conservo este aspecto multicolor que me recuerda cada día a esos dos arcoíris tan especiales. Pero estoy segura de que, aunque las manchitas hubieran desaparecido, no habría podido olvidarlos nunca.

 

 

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  © 2016 Por Rosario López