Trasto, un móvil afortunado

 

Hola, me llamo Trasto.

 

Soy un smartphone o teléfono inteligente. No es que sea un presumido ni un prepotente, es como se denominan los teléfonos móviles con los que se puede hacer mucho más que llamar y enviar mensajes de texto. El nombre no está mal desde el punto de vista tecnológico, pero en el aspecto personal, hasta que vamos cogiendo experiencia, somos un poco inocentes y pensamos que nuestra vida va a ser muy sencilla.

 

Cuando salimos de la fábrica, todos en nuestra caja, tan impecables, con el plástico de protección en la pantalla y nuestros accesorios al lado, vamos charlando con los compañeros de embalaje y nuestra gran ilusión es que nos compren lo antes posible para estar activos.

 

Al llegar a la tienda, nos colocan en el almacén junto a móviles de otras marcas y la conversación se convierte en una competición para decidir cuál es el mejor dotado. Todo lo que se oye es:

 

ꟷYo tengo más gigas.

ꟷMi procesador es el más rápido.

ꟷPero mi pantalla tiene más pulgadas.

ꟷYa, y mi cámara más megapíxeles.

 

Es muy irritante, y aunque no quieras, al final terminas comparándote con algún otro. Los únicos que no dicen nada son los que llevan un tiempo en la tienda; ellos tienen ya algo de información sobre nuestro posible destino y prefieren no hacer comentarios.

 

Me resultó muy curioso, la primera vez que vino un vendedor al almacén diciendo qué móvil buscaba, ver cómo todos los móviles de esa marca y modelo empezaban a gritar excitados: “¡A mí, a mí!, ¡Yo quiero ir!”; como si les estuvieran oyendo o les fueran a hacer caso. Pero no les sirvió de nada, el vendedor cogió uno de los que estaban callados, que sólo habló para despedirse del resto con voz tristona:

 

ꟷAdiós chicos, a ver qué me ha tocado.

ꟷ¡Suerte, amigo! ꟷdijeron entonces todos los que ya estaban allí cuando llegamos.

 

Como soy bastante curioso, quise enterarme del motivo de esa despedida tan extraña y, en cuanto tuve ocasión, le pregunté a uno de los antiguos que me pillaba cerca:

 

ꟷOye, ¿por qué os habéis despedido en un plan tan dramático? ¿No os alegra que os vendan y poder empezar a funcionar?

ꟷTodos los novatos sois iguales ꟷme contestóꟷ, no sé de dónde sacáis esas ideas. Claro, que yo cuando llegué, también tenía la cabeza llena de pájaros. ¡Espabila, chaval!

 

Yo no sabía que contestar, porque no entendí lo que estaba queriendo explicarme. Y sólo me salió:

 

ꟷEeeeh, estoooo, um…ꟷy por fin, soltéꟷ ¿Qué?

ꟷ¡Uy!, a ver si lo de tu cabeza va a ser serrín, en vez de pájaros ꟷme dijoꟷ, parece que no dominas mucho el lenguaje.

 

Menudo listillo, pensé. Si llego a estar fuera de la caja, le pego un puntapié que le rompo todos los gigas y tiene que ir siempre con memoria postiza. Pero respiré hondo, me dije: “calma, que lo que tú quieres es información y éste debe tener mucha”; y contesté:

 

ꟷNo, no soy tonto del todo, es que no entiendo a qué te refieres.

ꟷVale, yo tampoco soy tan antipático, pero me altera un poco pensar en salir de aquí ꟷme dijo con un tono algo más amistoso.

ꟷ¿Y eso por qué? ꟷpregunté.

ꟷBueno, cuando sales a la tienda, pueden ocurrir tres cosas, dependiendo del motivo por el que te sacan. Uno ꟷempezó a enumerarꟷ: si ya no quedan móviles de tu modelo y acaban de pedirles uno, te ponen a punto y empiezas a estar activo para tu dueño. Dos: si han vendido el último que quedaba, te van a colocar en el mueble de la tienda, donde estamos más a mano, para no tener que estar entrando al almacén de continuo. Tres: si necesitan un nuevo teléfono de exposición porque al que estaba antes acaban de jubilarle, te toca a ti estar expuesto.

─¿Cómo es que sabes todo eso si no has salido del almacén? ─le pregunté desconfiado.

─Puede ocurrir una cuarta cosa, que no he mencionado porque no se da muy a menudo ─me explicó─. Si te prueban y das algún fallo, vuelves al almacén.

─O sea, que tú tienes un fallo ─razoné.

─¡De eso nada! ─me chilló─. Los defectuosos están en esa estantería de la derecha. Ellos nos han contado lo que ocurre fuera de aquí.

ꟷ¡Ah!, perdón. Y ¿qué hay de malo en salir del almacén? ꟷquise yo saber.

 

Pero, en ese momento, entró una vendedora y cogió a otros dos móviles iguales que yo y a mí para sacarnos a la tienda. ¡Esto es tener suerte!, pensé, porque las tres opciones posibles, puesto que yo no iba a estar defectuoso, me parecían más interesantes que estar allí encerrado. La vendedora nos dejó en una mesa y dijo:

 

ꟷCarlos, te dejo los tres aquí. Tengo un cliente esperando.

ꟷGracias Ana ꟷrespondió su compañero.

 

Abrió la caja de uno de mis colegas para comprobar que no faltaba nada. Lo conectó, hizo unas pruebas rápidas, y le dijo a la joven del otro lado de la mesa:

 

ꟷComo te he dicho antes, si no es este modelo, puedes venir a cambiarlo.

ꟷEstoy segura de que es éste ꟷrespondió ellaꟷ, pero puede que haya cambiado de opinión en esta semana, porque me dijo que quería buscar más información sobre otro. Muchas gracias.

ꟷTe acompaño a la caja ꟷdijo Carlos, cogiéndonos a los tres.

 

Me pareció un poco raro que alguien comprase tres móviles iguales a la vez, pero al llegar a la caja, sólo soltó el que había probado y se despidió de la joven. Siguió andando hasta el fondo de la tienda y a mí me guardó en una vitrina que cerró muy bien con llave.

 

ꟷTranquilo, hombre, que no voy a salir corriendo ꟷdije, aunque sabía que no podía oírme.

 

Estaba claro que me había tocado ser el que está a mano para no tener que entrar en el almacén. ¿Qué le tocaría al que llevaba en la mano? Enseguida lo supe. Carlos acababa de sacarlo de la caja y lo estaba preparando para ponerlo en la mesa de exposición. Eso tiene que ser genial, me dije. Todo el tiempo fuera de la caja y funcionando. Claro, que la vitrina también era mejor que el almacén. Allí llegaba la luz de la calle y veía entrar y salir gente continuamente.

 

Tres días después, estaba totalmente convencido de que la vitrina era el mejor lugar. Los móviles de exposición terminaban agotados al final del día, y no precisamente por estar conectados, sino por la forma en que los manipulaban. Por supuesto, con el cable antirrobo estaban protegidos y seguros de que nadie se los llevaría sin más, pero ¿eso era lo único que les preocupaba en la tienda?

 

En esos tres días pude ver, entre otros muchos detalles dolorosos, a la mujer de las uñas largas probar con ellas la resistencia a los arañazos de varios móviles; a los chicos que presumían de conocer todas las funciones de cada móvil y se los quitaban uno a otro de las manos estrujándolos y pulsando la pantalla como locos; a la niña que cogió el móvil con las manos aceitosas, porque iba comiendo algo de una bolsa y se le escurrió, pegando contra la mesa (pobre colega, le crujieron todos los componentes); y después de ver eso, me preguntaba, ¿cómo no se le ha ocurrido a nadie crear la Sociedad Protectora de Móviles?

 

Por suerte, al día siguiente llegó mi gran momento. Un joven, que por la forma de expresarse, entendía bastante de móviles y conocía todas mis prestaciones, porque las enumeró una por una para cerciorarse de que estaba bien informado, preguntó por mí; vamos, por un móvil como yo, quiero decir. Ana, la misma vendedora que me sacó del almacén, me cogió de la vitrina, hizo las comprobaciones oportunas y me colocó otra vez en la caja; pero antes de cerrarla, me puso encima una tarjeta y le dijo al joven:

 

─Si te hiciera falta ayuda con alguna configuración o la instalación de aplicaciones, bueno, ya sabes, para tenerlo todo a tu gusto, aquí te atenderán muy bien.

─Muchas gracias ─respondió el joven─, aunque me manejo bien, nunca se sabe; además, mis amigos y mi familia suelen aprovecharse de mi habilidad y siempre me están pidiendo que les solucione algún problema con el móvil. En vez de mandarles a la porra, les puedo mandar aquí, que será más productivo.

─Vaya, pues es una idea ─dijo Ana un poco confusa.

─Es broma, mujer ─contestó el joven riendo─, me encanta manipular los móviles y disfruto ayudándoles, pero no tengo mucho tiempo libre y algunas veces no puedo echarles una mano, aunque quiera. Estará bien conocer un sitio al que remitirles.

─Por supuesto. Te aseguro que les tratarán igual que tú, porque, aparte de  muy profesionales, son encantadores ─le animó Ana.

 

Después de pasar por caja y pagar por mí una pasta, cosa que me hizo sentir orgulloso, el joven me llevó directamente a su casa. Lo primero que hizo al llegar, fue sacarme de la caja, ponerme una tarjeta SIM y hacerme currar un montón. Justo lo que yo estaba deseando. Me hizo la transferencia de datos en un momento y empezó a instalarme todas las aplicaciones que iba a necesitar para poder trabajar conmigo. Yo no podía estar más contento, me había tocado un dueño que sabía cómo tratarme. Claro, que tampoco había que pasarse. ¿Este hombre no dormía nunca? Me puse en modo “ahorro de energía”, para ver si captaba la indirecta, pero nada. No se dio por enterado hasta el tercer aviso de batería baja. Fue entonces cuando me conectó el cargador. Y esa noche descansé como un angelito.

 

Por la mañana, me enteré del nombre de mi dueño, Adrián, cuando le llamó su contacto Bea. Supuse que era su pareja porque dijo:

 

─Buenos días, cariño. Qué noche más larga sin ti.

Y él respondió:

─Hola, mi amor. Yo también te he echado de menos.

 

Son gajes de mi oficio esto de escuchar las tontadas de los enamorados. Pero era la primera vez que oía una charla así y me dio un ataque de risa. Mira que eran bobitos.

 

─¿Os falta mucho? ─preguntó Adrián.

─Nada ─dijo Bea─, terminamos ayer. Estuvimos hasta después de las nueve trabajando para podernos ir hoy pronto.

─Estupendo, me alegro. Avisa cuando te pongas en camino ─respondió él.

─¡Sorpresa! ─le gritó ella, y casi me deja sordo─, he madrugado y ya llevo hecho un tramo del viaje. Estaré allí a media tarde, que tenemos pendiente una cena. ¿Recuerdas, Adrián?

─Desde luego ─contestó él─, si tú dices que hay que celebrarlo, yo “escucho y obedezco”.

─Muy gracioso ─dijo Bea─, a mí me parece que un contrato tan importante se merece celebración y regalo. Aunque podemos pasar de cena y si no quieres el regalo, lo puedo devolver. Sólo hace cinco días que lo compré.

─No, ni se te ocurra, que a mí también me parece importante ─se apresuró a decir Adrián.

 

Los dos se empezaron a reír y, después de decir otras cuantas frases tontas y ñoñadas varias se despidieron.

 

Adrián cogió una mochila y nos fuimos a la calle. Se estaba genial al aire libre, pero duró poco. Enseguida estuvimos dentro del coche y ya estaba yo otra vez en marcha con la configuración del manos libres. Era una gozada estar con alguien que sabía sacar provecho de mí. Podía estar tranquilo.

Lo siguiente fue una visita a Nuria, la hermana de Adrián. Por lo que les oí hablar, estaban preparando entre los dos una fiesta de cumpleaños para su abuela. Mientras charlaban, la sobrina de Adrián, que tendría unos tres o cuatro años, le pidió:

 

─Tito, déjame el móvil para jugar un rato.

─Lo siento, chiqui ─le dijo su tío─, pero llevo un móvil nuevo y hay que cuidarlo mucho. Además, el móvil no es para jugar.

─Ya, pues tú, a veces, te lo pasas bomba dándole a la pantallita ─le recriminó su hermana.

─Sí, pero es sólo por matar el tiempo ─respondió él.

─Sólo un ratito, anda ─insistió la pequeña.

 

Y yo pensaba, que no se le ocurra dejárselo, por favor. Pero Adrián no pudo resistirse a la carita que le ponía la niña y dijo:

 

─Venga, sólo un ratito. ¿Qué juego te dejo?

─El de las bombas ─contestó muy animada.

─¿Qué bombas? ─preguntó su tío.

Y ella contestó con tono de paciencia:

─¡Pues las que matan el tiempo!

 

Nuria y Adrián se echaron a reír y la peque se enfadó un montón. Pero se le pasó pronto porque su tío le dejo el móvil con un juego infantil muy entretenido y, por suerte para mí, muy tranquilo, en el que no hacía falta aporrear la pantalla. A pesar de eso, yo no me sentía muy seguro en unas manos tan pequeñas.

 

─¿Has hecho ya el cartel? ─preguntó Adrián.

─Sí ─le contestó Nuria─, pero me falta imprimirlo.

─ Lo voy haciendo yo ─dijo él, mientras salía de la cocina.

 

Nuria se fue también. Cuando volvió, llevaba en brazos a un bebé. Le sentó en su trona y empezó a darle de comer. ¡Qué mono!, pensaba yo, hasta que, en un descuido de su madre, dio una palmadita en el plato y salpicó por todas partes. Nuria fue a limpiarse y el bebé empezó a llorar. Entonces, su hermanita se acercó a él y le dijo:

 

─Te lo dejo, no llores.

 

Las manos de la niña me habían parecido pequeñas, pero las de su hermano eran diminutas. ¿Por qué no entraba una llamada o saltaba una alarma en ese momento?

 

Cuando Nuria se volvió y vio al bebé conmigo en las manos, gritó:

 

─¡Eso no, cariño!

 

Justo lo que faltaba. El bebé se asustó y me soltó de golpe dentro del plato. En ese momento volví a pensar en la necesidad de la Protectora de Móviles.

El mosqueo de Adrián creo que no hace falta contarlo, seguro que os lo podéis imaginar. Me limpió con mucho cuidado y decía:

 

─¡Menudo estreno has tenido!

 

Sólo le faltó darme un par de besitos para consolarme. Gracias a su actitud y a que no me dio ningún beso, conseguí relajarme un poco.

 

Nos fuimos a casa para esperar a Bea, que llegó muy pronto.

 

Cuando la vi entrar, me resultó conocida. Pero, si estaba de viaje, yo no había podido verla antes.

 

 Se saludaron los dos y, si ya eran ñoños por teléfono, no os digo nada en persona, después de dos días enteros sin verse. Tras un ratito un poco empalagoso, Adrián preguntó como un crío:

 

─¿Dónde está mi regalo?

─¿No puedes esperar a la cena? ─dijo Bea.

─Es que me tienes intrigado desde esta mañana ─respondió.

─Eres peor que un niño ─contestó ella sonriendo.

─No creo ─le aseguró Adrián muy serio. Supongo que acababa de recordar la que habían montado sus sobrinos en un momento.

 

Bea se dejó convencer fácilmente. Para mí que ella estaba también impaciente por dárselo. Y cuando Adrián sacó el regalo, no me lo podía creer, era un móvil igual que yo. Fue entonces cuando recordé dónde había visto a Bea. Era la joven con quien estaba Carlos, el vendedor, cuando nos sacaron a la tienda. ¡Menudo planchazo!, después de tanto rollo, iba a tener que devolver el regalo porque Adrián ya me tenía a mí, que era igual. Sólo nos diferenciábamos en que yo era de color oro y el otro de color negro.

 

─¡Oh! ─dijo emocionado─, es justo el que me iba a comprar.

─¿Qué? ─dije yo─. Será el que ya te has comprado ─pero sólo me escuchó mi colega, que dijo emocionado:

─¡Eh, qué casualidad!, si los dos hemos terminado en el mismo sitio.

─Sí, ya ves ─dije yo, por no ser maleducado, pero me interesaba más la conversación de Bea y Adrián. Ella le decía:

─Me dijeron que se puede cambiar si prefieres otro modelo o no te gusta el color, siempre que no se haya manipulado.

 

Eso es, no lo saques de la caja y ya está, pensé yo. Pero Adrián no pensó igual que yo y, mientras Bea se daba una ducha, aprovechó a quitarme la SIM y ponérsela al otro móvil para que ella no se diera cuenta. Luego pensó en voz alta: ─¿Ahora qué hago yo con éste? ─refiriéndose a mí, y me guardó en mi caja.

 

Fue muy frustrante, estaba claro que aún no había llegado a mi destino. Mi compañero me dijo apenado:

 

─Lo siento chico, pensé que íbamos a compartir casa.

─Pues, parece ser que no. Pero Adrián entiende de móviles y le gusta cuidarlos; seguro que me busca un buen lugar ─contesté.

 

Pasé un par de días metido en un armario, entre cajas de zapatos. Adrián pensó que ese era un buen escondite. Cuando me sacó de allí y me conectó, me emocioné un montón. ¡Iba a estar activo otra vez! Pero sin más, me hizo un reseteo para dejarme con la configuración de fábrica. Eso es lo más aburrido y triste para un móvil. Por ese motivo, cuando alguien selecciona la opción “Ajustes originales”, hacemos la pregunta: “¿Restablecer los ajustes originales?”. Aunque esa insistencia parezca innecesaria, es un último intento de hacer recapacitar a esa persona para que no nos deje tan limitados. Lo malo es que sólo se echan atrás cuando han pulsado esa opción por error, cosa que ocurre pocas veces.

 

Total, que otra vez estaba como al principio, sin contactos, sin citas en el calendario, sin alarmas, sin Facebook, sin Twitter, sin cuentas de correo…, vamos,  “más soso quel asa un cubo”. Ya os diré en su momento dónde aprendí esta expresión, porque cuando la oí, me pareció que las palabras no eran muy correctas y en un intento de aclarar mis dudas me topé con una publicación de “redELE” sobre comparaciones estereotipadas, que me hizo adquirir algo de culturilla adicional. Por eso me gusta utilizarla como muestra de que mi nombre genérico tiene algo de sentido.

 

Volví a quedarme en la caja, pero ahora encima de la mesa. Así pude conversar un rato con el móvil de Adrián.

 

─¿Cómo va todo? ─le pregunté.

─Genial ─respondió él─. Tenías razón, este hombre entiende de móviles.

─Ya te digo ─contesté yo desanimado.

─Vamos ─me animó─, alegra esa pantalla, que ya tienes nuevo dueño.

 

Bea entró con un trozo de papel de regalo y empezó a envolver mi caja.

 

─Sigo pensando que no es el más apropiado para Maite ─decía─, le podías haber comprado uno más sencillo.

─No sé por qué ─dijo Adrián─, éste también es sencillo de usar. Yo estoy encantado con él.

─Claro, tú, pero Maite sólo usa el móvil para hacer llamadas ─insistió Bea.

─Normal, su móvil es arcaico ─respondió él─ ¿Qué te apuestas a que con éste se anima a utilizar otras cosas?

─No me apuesto nada. Ya te darás cuenta de que tengo razón ─ aseguró ella.

─Eso, ya veremos quién tiene razón ─replicó Adrián desafiante.

 

Otra vez me vi metido en una bolsa y, además, con papel de regalo y lazo. ¿Quién será esa Maite?, me preguntaba.

 

Con ese papel tan cursi que me habían puesto no podía ver dónde estaba, menos mal que los sonidos sí me llegaban. Aunque no había mucho que escuchar, porque los dos tortolitos fueron callados casi todo el camino. Luego oí el timbre de una puerta y Bea dijo:

 

─Hola, Maite. ¡Felicidades!

─¡Felicidades! ─dijo también Adrián.

─Gracias chicos ─contestó la tal Maite ─, pasad, Nuria ya está aquí terminando de dar retoques.

─Voy a echarle una mano ─dijo Adrián.

─Hola, sujeta esto ─le dijo Nuria─, a ver si terminamos antes de que empiece a llegar gente.

─Vaya saludo ─dijo él─. Tú tan estresada como siempre.

─Anda, calla y suelta esa bolsa, que necesitas las dos manos ─le ordenó.

─Hablando de bolsa, es nuestro regalo. No vayas a meter la pata con Bea ─le rogó Adrián.

─Yo no he visto ese móvil antes. Y por si tu sobrina dijera algo; ayer, después de  que me explicaras tu plan, le conté que lo estabas probando para estar seguro de que no es difícil de usar ─le tranquilizó Nuria.

─Gracias; Bea estaba tan ilusionada, que me dio pena decirle que ya me lo había comprado ─se justificó Adrián.

 

Yo quería salir ya de esa bolsa, sólo oía voces y notaba cómo me movían de un lado a otro. No sabía dónde estábamos ahora, pero sí que Adrián hablaba con Maite porque dijo:

 

─Esto es para ti.

─Pero bueno, ¿también tengo regalo? ─dijo Maite─. No hacía falta, ya habéis hecho suficiente preparando todo este jolgorio.

─De eso nada, abuela ─discrepó Adrián─, no se cumplen setenta y cinco años todos los días.

 

¿Abuela? ¿Setenta y cinco años? Esto no podía ser cierto, menudo futuro me esperaba.

 

Me quitó el papel de regalo y pude ver una cara muy agradable, pero con gesto de espanto, que movía la boca para decir:

 

─¿Un móvil nuevo? Pero si el mío todavía funciona.

─Sí, menos cuando se queda bloqueado y sólo se arregla al quitarle la batería ─dijo Adrián─. A parte de que la pantalla está hecha una pena. No sé cómo ves quién te llama. Aunque, a lo mejor éste es muy moderno para alguien de tu edad.

─¿Me has llamado vieja? ─se ofendió Maite.

─No, mujer, lo digo porque tiene muchas utilidades que son más de mi generación ─siguió provocando su nieto─. Cuando se vayan todos te lo dejo preparado para que empieces a usarlo.

─Estás haciendo trampas ─le dijo Bea, cuando Maite fue a abrir la puerta a otros invitados─, sabes que no le gusta parecer vieja y por eso va a utilizar más el móvil.

─¡Ah!, se siente ─dijo Adrián─, no sabía que el juego tenía reglas.

 

Lo malo fue que Maite tenía un par de amigas muy marchosas, por no llamarlas pesadas, que no veían el momento de irse y, al final, Adrián y Bea se marcharon antes y yo me quedé en mi caja.

 

Cuando estuvieron solas, Maite me cogió y les dijo:

 

─Mirad el trasto que me ha regalado mi nieto.

─¡Uy, trasto! ─dijo una─, si es de esos modernos que no llevan teclas.

─Encima eso ─se quejó Maite─, todo liso y “más soso quel asa un cubo”.

 

¿Recordáis la famosa expresión? De ella la aprendí.

 

─Sí llevan teclas ─les corrigió la otra─, aparecen en la pantalla cuando vas a marcar o a escribir.

─Ya lo sé, era una forma de hablar ─protestó la primera.

─Sea como sea ─les cortó Maite─, ha dicho que me lo dejaba funcionando y se le ha olvidado. Por suerte, el cacharro antiguo todavía funciona.

 

Cuando me llamó trasto no me gustó nada, pero al oír que al otro móvil le llamaba cacharro, me di cuenta de que era su forma de calificar la tecnología.

 

Después de que les enseñara los otros regalos, sus amigas se fueron y Maite se acostó enseguida.

 

La noche se me hizo muy corta. Esta mujer se levantaba super temprano, casi a la misma hora que se acostaba su nieto. En esta familia no eran muy dormilones. Eso sí, al contrario que Adrián, Maite no cogió su móvil nada más levantarse, sino después de haber hecho unas cuantas cosas, y porque tuvo una llamada. Vaya vida más aburrida me esperaba.

 

Contestó la llamada y le oí decir:

 

─Hola Bea, tranquila que tengo el otro.

 

Aunque no oía lo que le estaba diciendo, por sus respuestas, me pareció que Bea también hacía trampas intentando convencer a Maite de que yo no era el móvil ideal para ella.

 

─Parece algo más complejo, pero seguro que me apaño bien ─decía Maite─, sería un detalle muy feo hacerle cambiar el regalo, aunque haya confianza.

 

Creo que Bea no tuvo mucha suerte porque, nada más despedirse de ella, Maite me cogió y dijo:

 

─No creo yo que sea tan complicado manejar este trasto.

 

Quitó la SIM del otro móvil y me la puso a mí. En ese momento, además de echarme a temblar, se me ocurrió que, aunque mis andanzas no comenzaron en un lugar de La Mancha, si decidía escribir unas memorias, bien podría empezarlas diciendo: “En una tienda de móviles, de cuyo nombre no llegué a enterarme…”; porque me estaba pareciendo que por el rumbo que empezaban a tomar las cosas, iba a correr más aventuras que Don Quijote.

 

En principio, no íbamos mal del todo. A pesar de que Maite hablaba sola, parecía que tenía claro lo que estaba haciendo.

 

─A ver, encendido igual que el otro, muy bien ─empezó a decir─ y ahora, ¡uy! qué musiquita más dulce. Veamos, código PIN.

 

El PIN era correcto y me preparé para lo siguiente.

 

Maite habló sola de nuevo:

 

─¡Uf!, qué idea más tonta tener que toquetear la pantalla todo el tiempo, así no puede estar limpia nunca; mira, toda llena de dedos.

 

Y me pasó la manga por encima para limpiarme. A este ritmo, no íbamos a avanzar mucho.

 

─¿Y ahora qué? ─siguió diciendo─ ¡Ah, ya sé!, configurar los contactos de la tarjeta SIM. Si lo dejo con los del teléfono, no se verán los míos, porque no he guardado ninguno. Para que no diga Adrián que no aprendí  con el cacharro viejo.

 

Yo estaba sorprendido, interés si ponía. Se peleó  un rato con la configuración hasta que lo consiguió, y ya tenía sus contactos disponibles. Pero eso fue todo.

 

En tan sólo una semana me acostumbré a mi nuevo nombre, “el trasto”, con el que Maite se refería a mí, cuando decía: “que suena el trasto”, “¿dónde he puesto el trasto?” o “ya se me olvidaba el trasto”. La verdad es que me sentía como un trasto. Y una semana resulta muy larga sin algo interesante que hacer.

 

No me di cuenta de que la llamada que estaba recibiendo era de Adrián, hasta que oí su voz, que me hizo recordar cómo disfruté siendo su móvil, a pesar de que sólo duró un día.

 

─Hola abuela, ¿cómo estás? ─dijo─. No me he olvidado del móvil, es que estoy muy liado, pero en cuanto tenga un momento me paso a verte y te lo pongo en marcha.

─Tranquilo, no te preocupes, que ya lo estoy usando. Me he puesto los contactos como tú me ensañaste y ya está ─dijo Maite muy orgullosa.

─¡Qué bien!, me alegro. ¿Has probado ya la cámara?, con lo que a ti te gusta hacer fotos, seguro que la usarás a menudo ─dijo Adrián.

─Claro que sí ─mintió ella. Y cambió de tema rápido.

 

Cuando terminó de hablar con su nieto, siguió hablando consigo misma:

 

 ─Tengo que aprender a usar la cámara. Voy a leerme las instrucciones.

 

Cogió mi caja y sacó todo lo que había dentro. Leyó uno de los papelitos y refunfuñó:

 

─Pues sí, en eso estaba pensando yo. Es lo que me faltaba, tener que buscar las instrucciones en su web.

 

 Y dejó el papel en la mesa. Pero lo cogió otra vez y leyó en voz alta algo de seleccionar la opción de ayuda en el móvil.

 

─¡Ah, vale!, esto ya es otra cosa ─dijo.

 

Cuando fue a cogerme de la mesa, se cayó una tarjeta al suelo y al recogerla, se empezó a dibujar una sonrisa picarona en su cara. De pronto gritó:

 

─¡Bien!, y esto es mejor todavía. Aquí me voy yo ahora mismo.

 

Mientras se preparaba, hice un esfuerzo, porque no estaba en muy buena posición y pude leer lo que ponía en la tarjeta: “Moviversity. Tu escuela de móviles”

 

Ahora era yo el que gritaba de emoción:

 

─¡Sí, sí, sí! Por favor, que alguien le enseñe a utilizarme.

 

De camino con Maite, iba recordando que esa era la tarjeta que Ana, la vendedora, me puso encima después de probarme, el día que Adrián me compró. Casi sin darme cuenta ya habíamos llegado a la oficina y estábamos esperando nuestro turno con impaciencia.

 

La espera mereció la pena. Salí de allí, otra vez preparado para desarrollar todo mi potencial. De momento me habían configurado para tener disponibles todas las utilidades y aplicaciones que Maite aprendería a manejar dos días más tarde en un curso particular.

 

Después de eso, volví a sentirme móvil. Aunque me quedé con el nombre de Trasto, ya no soy “el trasto”. Ahora, cuando Maite habla de mí, dice “mi trasto”.

 

Y, si bien no creo que llegue a fundarse la Sociedad Protectora de Móviles; a los colegas que se encuentran en alguna de las tristes situaciones en que yo me vi, les aconsejo que se tranquilicen pensando que la llegada de Moviversity al mundo de los móviles, parece ser el presagio de un futuro más feliz para nosotros y menos complicado para nuestros dueños.

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  © 2016 Por Rosario López