Yago, el conejo de El Gran Mago

 

¡Hola, soy Yago!

 

Siempre me han gustado los espectáculos de los magos. Cuando era pequeño intentaba hacer trucos de magia y, aunque nunca me salían, me encantaba jugar a ser “Yago, el Gran Mago”. Si es que, hasta estaba convencido de que el nombre me lo habían puesto a posta.

 

A mis padres les tenía un poco aburridos. Y era lógico, me pasaba el día detrás de ellos diciendo:

-Ya verás cómo esta vez sí me sale.

 

Y después de intentarlo un par de veces más:

-Bueno, es que me he puesto nervioso y por eso ha fallado.

 

        Los que me animaban eran mis abuelos, claro que ellos sólo me veían los fines de semana. Mi abuela me había hecho un sombrero de cartón, forrado con tela negra y parecía un auténtico sombrero de mago. Y mi abuelo me había cortado una caña del tamaño de una varita, que yo había pintado para que resultase más real.

 

        Los sábados, después de comer, se sentaban en el sofá y decía mi abuela:

-¡Venga, todos atentos que ahora viene la actuación de El Gran Mago Yago!

 

        Y pobre del que no estuviera en silencio mientras yo metía la pata en el sombrero, por si alguna vez salía algo, zarandeaba la varita mágica intentando que se convirtiera en un ramo de flores o rebuscaba detrás de la oreja de mi hermano para sacar una moneda. Pero nada, el sombrero siempre estaba vacío, la varita seguía siendo un palo tieso y por hurgarle la oreja a mi hermano, me solía llevar algún pellizco o un pisotón.

 

        Aun así, mis abuelos me aplaudían diciendo:

        -¡Bien, Yago! Esta vez has estado muy cerca, sigue practicando y verás cómo lo consigues.

 

        Yo saludaba y hacía una reverencia para no defraudarles, aunque en realidad, el más defraudado era yo mismo. Tenía la certeza de que con un sombrero y una varita falsos, nunca podría ser un mago de verdad.

 

        Un día que estaba un poco desanimado después de la birria de actuación que había hecho, no pude disimular y mi abuelo se dio cuenta de que no me sentía muy contento con mis resultados. Entonces me pidió que fuera a dar un paseo con él y tuvimos una conversación muy interesante.

 

        -Yago, tú has visto actuar a muchos magos, ¿verdad? -me dijo.

        -Sí, a un montón -respondí.

        -Y ¿has visto algún conejo en las actuaciones?

        -Sí, claro -dije enseguida.

 

        En ese momento, me di cuenta de lo que mi abuelo intentaba explicarme. Queriendo demostrar que era un chico listo, no le dejé continuar y expuse rápidamente mi teoría.

        -Claro, abuelo, ya sé dónde está el problema.

        -¿Seguro? -me preguntó sorprendido.

        - Por supuesto -respondí -. Yo siempre he visto a un mago humano sacando un conejo del sombrero. Pero si el mago es un conejo, lo lógico es que del sombrero salga un humano.

        -¿Qué? -dijo mi abuelo con cara de susto.

        -Jeje, no pensabas que lo iba a entender tan rápido, ¿eh? -dije yo muy orgulloso _. Gracias abuelo, ya sé lo que me hace falta.

        -¿El qué? -preguntó.

        -¡Un sombrero gigante!

 

        Total, que al día siguiente, me puse a buscar materiales para fabricarme un sombrero nuevo. Por casualidad, buscando en el desván, encontré un libro de magia que me habían regalado hacía mucho tiempo, al que sólo había echado un ojo porque me pareció un poco raro. Empecé a pasar las hojas y recordé entonces que no explicaba cómo hacer magia; sólo contaba cosas extrañas, como que la magia puede estar en cualquier parte y que no todo el mundo puede verla. Esta vez me resultó un poco más interesante y empecé a leerlo. En el primer capítulo insistían en que la concentración es muy importante y que para poderse concentrar en algo, hay que dejar la mente en blanco para no pensar en nada más. ¡Uf, qué complicado!, pensé, pero voy a intentarlo.

 

        Cogí mi sombrero y me concentré en sacar de él un hermoso ramo de flores. Pensé en el color que tendrían, en su fragancia…sí, me pareció que lo estaba consiguiendo, podía olerlas ya.

 

        -¡Yago, a cenar! -chilló mi madre.

 

        ¡Ya me parecía a mí que esas flores olían un poco a zanahoria! Bueno, ha sido sólo el primer intento, me dije; seguiré probando mañana en un sitio más tranquilo.

 

        Me fui a la cama con esa idea en la cabeza. Me desperté muy temprano y en el cole no me enteré de nada, sólo pensaba en la concentración. Después de comer,  en cuanto terminé los deberes, cogí el libro de magia para seguir leyéndolo en algún rinconcito escondido para poderme concentrar de verdad. Cuando mi madre vio que iba a salir, me dijo:

        -No te vayas muy lejos, viene a merendar Silvi con sus hijas y ya sabes que les encanta jugar contigo.

 

        ¡Qué horror!, por supuesto que les encantaba. La última vez que vinieron terminé con las orejas hechas un nudo y un lacito de adorno porque querían jugar a ser peluqueras. A Silvi y a mi madre les había resultado muy divertido, pero yo no podía aguantar eso otra vez. Tengo que desaparecer de aquí ya mismo, pensé. Y en ese momento me di cuenta de que esa era una de las cosas que hacían los magos: DESAPARECER. Sólo tenía que conseguir concentrarme. Me senté apoyando la espalda en el tronco de un árbol y empecé a respirar profundamente, como recomendaban en el libro. Poco a poco me fui relajando, mi mente ya sólo pensaba en una cosa, hacerme invisible hasta que Silvi y sus hijas se fueran a su casa. Pero, de pronto, oí sus vocecitas chillonas preguntando:

        -¿Dónde está Yago?

        -Ha ido a dar un paseo -dijo mi madre -id a buscarle, no andará muy lejos.

        Y dejé de estar relajado; el corazón me latía cada vez más deprisa y no conseguía calmarme.

        -Vamos a ver si está por aquí -oí que decía muy cerca una de las vocecitas.

 

Creo que nunca antes había estado tan tenso. Entonces sentí que algo me impulsaba hacia arriba y noté un ligero tirón de orejas. Pero, ¿cómo podían ser tan brutas?

 

 Cuando abrí los ojos me quedé alucinado, tenía que estar soñando; quien había tirado de mis orejas había sido un mago para sacarme de su sombrero. Y allí estaba yo por fin, en un espectáculo de magia, en el escenario y con el público aplaudiendo. Pero cuando la guapa ayudante del mago me cogió y me apoyó con ternura en su pecho, comprendí que no era un sueño, estaba muerto y eso debía ser  el paraíso. Aunque esa idea duró apenas unos segundos porque la encantadora señorita me metió en una jaula y la tapó con un pañuelo negro. Desde luego, era muy guapa, pero también tenía muy mala sombra. Total, que ahí me quedé, escuchando el espectáculo, pero sin poder verlo.

 

        Cuando terminó la actuación, me llevaron en la jaula al camerino del mago. Entonces, su ayudante empezó a dar saltitos diciendo:

        -¡Bien Alex, lo has conseguido!, no me habías dicho que por fin ibas a cambiar la paloma de siempre por un conejo.

        -La verdad es que siempre intento que salga un conejo, pero nunca lo había logrado -respondió el mago.

        -Bueno, sólo tienes que recordar cómo lo has hecho, para que vuelva a funcionar más veces, ¿no?

        -Pues no sé, es posible –dudó Alex –yo he hecho lo mismo de siempre.

        Pero su ayudante insistía –Seguro que has cambiado algo.

        -Verás, la única diferencia es que he recordado lo que leí ayer en el libro de magia sobre estar concentrado y pensar sólo en lo que intentas conseguir y eso he hecho –reconoció, por fin Alex.

        -¡Toma ya, igual que yo! –chillé.

        -Anda, ¿hablas nuestro idioma? –preguntaron sorprendidos.

        -¡Uy, si entendéis lo que digo! –respondí yo.

        -¡Vaya, esto es genial! Yo soy Alex, el Gran Mago. Y esta es Laura, mi ayudante.

        Si no me lo dices, no lo hubiera adivinado, pensé. Tampoco era tan listo este mago, pero él sabía hacer magia y me había copiado el nombre.

        -Yo soy Yago, eh… -dudé si decirlo, pero me pareció que sonaba bien –…aspirante a mago.

        -Encantado Yago –dijo Alex -. Oye, ¿qué has querido decir con eso de igual que yo?

        -Pues que yo también me he concentrado intentando desaparecer del lugar donde estaba y de pronto, he aparecido aquí. Por cierto, ahora que nos hemos presentado ¿podríais sacarme de la jaula, porfa?

        -Claro Yago, perdona –dijo Laura abriendo la puerta para dejarme salir.

        -Dime Yago, ¿por qué quieres ser mago? –preguntó entonces Alex.

        Yo respondí enseguida:

 –Porque me encantan las actuaciones de los magos, el escenario, el público aplaudiendo…ya sabes, el ambiente.

-¿Y qué trucos conoces?

-Todos. Pero tranquilo, que no te quitaré el puesto; no me sale ninguno.

Alex se echó a reír:

-Qué simpático eres Yago. ¿No se te ha ocurrido que quizás tu destino no sea ser mago, sino “conejo de mago”?

-¿Cómo?

 

Fue entonces cuando Alex el Gran Mago me habló sobre la parte del libro que yo aún no había leído. Me explicó que, cuando un mago consigue sacar de su sombrero un conejo, se crea entre ellos un vínculo especial y será ese mismo conejo el que saldrá de su sombrero cada vez que el mago actúe.

 

-Vale, pero entonces ¿tendré que vivir siempre metido en tu sombrero? –quise saber.

-Que va Yago, estamos hablando de magia. Cuando salgas del sombrero te quedarás conmigo en el escenario hasta que acabe la actuación, pero el resto del tiempo, seguirás con tu vida de siempre. De hecho, nadie se dará cuenta de que te vas porque mientras estés aquí, el tiempo se detendrá allí.

 

Esto me empieza a gustar, pensé.

-Una preguntita, Laura –dije.

-¿Sí?

-¿Cada vez que salga del sombrero me cogerás con tanto cariño como hoy?

-Por supuesto.

-¿Y luego me encerrarás en la jaula y me dejarás a oscuras sin poder ver el espectáculo como si fuera peligroso y feo?

-Oh, lo siento mucho, Yago. Es lo que se suele hacer, pero se me ocurre que podemos incluir algo nuevo, como colocar al conejo sobre un cojín mullidito para que pueda disfrutar de la actuación. ¿Qué te parece?

-¿Estás de broma? –pregunté.

-No –dijo Alex –me parece una gran idea. Además, yo puedo presentarte diciendo: “Este es Yago, el Conejo de El Gran Mago”, y todos te aplaudirán.

-¡Bien! –dije -. Trato hecho.

 

Después de eso, nos despedimos hasta la próxima y Alex me volvió a meter en el sombrero. Esa era la forma de hacerme volver a casa, según me dijo. Y efectivamente, volví. Y escuché otra vez las vocecitas chillonas de las hijas de Silvi, y me encontraron. Pero me libré de los nudos en las orejas porque ya no querían ser peluqueras. Ahora querían ser enfermeras. Total que me pusieron vendas por todo el cuerpo, me vacunaron con un palillo que, según ellas, era una jeringuilla y me tuve que tomar un mejunje que sabía a rayos para curarme la tos. Pero no me importó porque si no hubieran sido tan pesadas, yo no habría intentado huir de ellas y es posible que nunca hubiera conocido a Alex. Tenía que agradecérselo de alguna forma.

 

Desde entonces, soy “Yago, el Conejo de El Gran Mago”, como Alex había propuesto. Cuando hay actuación, salgo del sombrero, Alex me presenta, el público me aplaude, Laura me abraza, me tumba en un cojín y disfruto del espectáculo que es lo que de verdad me gusta. Y ya no me preocupo por los trucos, como la gente los llama, porque los hace Alex y le salen todos. Sólo es cuestión de magia.

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  © 2016 Por Rosario López