Jilda con J de jirafa

 

Hola, me llamo Jilda.

 

        Sí, con “J” de jirafa. De lo que voy a contaros sobre mí, la auténtica protagonista es Susi, mi mejor amiga, y ella tuvo la idea de la “J”. Pero ya os lo explicaré en su momento.

 

        Todas las jirafas tenemos las patas largas. Y el cuello también, seguro que es lo que estabais pensando. El caso es que aquí, lo que importan son las patas, porque las mías son especialmente laaaargas. Por eso, lo primero que recuerdo haber hecho es tropezar. Tropezar y pegarme con el morro en el suelo, tropezar y caer encima de una mata de cardos, tropezar y despatarrarme en el barro.

 

        Ya, os podéis reír cuanto queráis. A mí, ahora también me resulta gracioso, pero entonces no era nada divertido.

 

        Me crie en una reserva. Sí, una finca enorme, con mucho terreno cercado y una casa donde viven los cuidadores. Los pequeñajos teníamos nuestra zona apartada para que nadie nos molestase; ¿o era para que no molestáramos nosotros?, no sé, pero da igual. El caso es que yo jugaba con los demás, aunque siempre se metían conmigo. Me llamaban Jilda la torpe, la patosa, la trompazos… Por eso, yo prefería estar con Susi, de la que os he hablado al principio.

 

        Susi era una niña super cariñosa. Me acariciaba, me abrazaba, hablaba conmigo y me llevaba de paseo. Su madre le decía:

        -Deja en paz a Jilda, que con lo torpe que es cualquier día se va a lesionar.

        

        Y su padre:

       -Susi, que Jilda no es un perro. Sólo te falta tirarle la pelota para que vaya a buscarla.

 

        Yo pensaba que su madre tenía razón, y que su padre no debería darle ideas como esa.

 

       A mí me gustaba  pasear con Susi porque, como sus piernas no eran tan largas como mis patas, íbamos despacio y yo no tropezaba continuamente. Pero cuando mejor me lo pasaba era cuando me asomaba por la ventana de la casa para ver con Susi su programa favorito de la tele. Un curso de yoga para principiantes. Bueno, yo me fijaba más en lo que hacía Susi que en lo que explicaban en el programa. Era muy divertido verla poner esas posturas tan raras, sobre todo porque parecía mentira que unos brazos y unas piernas tan cortitos se pudieran estirar de esa forma.

 

        Yo, muchas veces la imitaba. Para mí resultaba más sencillo que para ella. Vale, no todas las posturas. Había una que se llama “el puntal” o algo así, apoyando la cabeza en el suelo y con las patas traseras hacia arriba, que no estaba pensada para un cuello tan largo como el mío. Cuando intenté hacerla, empecé a cimbrearme de un lado a otro y al final me despanzurré en el suelo. No os preocupéis, no me pasó nada; fue un golpe más de esos a los que estaba tan acostumbrada.

 

        Durante los paseos, Susi iba hablando conmigo y me decía:

        -Cómo me gustaría que pudieras contestarme, porque yo sé que tú entiendes lo que digo, ¿a que sí?

 

       Y, lógicamente, yo no podía contestar, pero procuraba hacer algún movimiento con el cuello, o dar un pequeño saltito, o hacer algún ruidito para que ella supiera que le estaba comprendiendo.

 

       Un día, cuando nos íbamos a dar nuestro paseo, su padre le dijo:

      -A ver por dónde llevas a Jilda, no salgas de los caminos; ya sabes lo torpe que es y podría romperse una pata.

 

       Susi le contestó muy enfadada:

     -Jilda no es torpe, sólo está aprendiendo a moverse. A ti también te costaría andar si tuvieras las piernas igual de largas que sus patas.

 

      Y durante el paseo, me contó que no le gustaba que llamasen torpe a nadie, que todos hacemos cosas bien y otras no tan bien.

      -Mi padre canta fatal y yo no le llamo torpe, porque sabe un montón de cosas sobre animales, dibuja muy bien y prepara unos desayunos buenísimos; da igual si son tostadas, tortitas o churros, siempre están para chuparse los dedos -me dijo.

 

      Entonces me puse a pensar que, aparte de no ser capaz de correr bien sin tropezar, yo tampoco dibujaba bien, ni preparaba desayunos estupendos. Vaya, lo mismo su padre tenía razón y yo era una torpe. Pero, de pronto, me di cuenta de que sí había algo que se me daba bien, ¡el yoga! Como no podía hablar para decírselo a Susi, le di un lametón en toda la cara; y aunque le llené de babas, ella se empezó a reír, mientras se limpiaba con un pañuelo y me dijo:

       -Claro que sí, Jilda, siempre encontramos algo que se nos da bien. Es lo que quieres decir, ¿verdad?

       Y, claro, tuve que darle otro lametón baboso.

 

       Ella siguió hablando:

       -Además, yo creo que de las torpezas se pueden sacar cosas buenas, sólo hay que saber aprovecharlas. ¿Sabes que tu nombre se le ocurrió a Marcos?

 

       Yo me quedé sorprendida. Había oído que Susi era quien elegía los nombres de las crías que nacíamos en la casa. ¿Por qué el mío no? Esta vez no hubo lametón. Le di un empujoncillo con la cabeza para que supiera que eso no me gustaba nada.

 

        -Pero no te enfades, mujer –respondió-. Espera, que te lo explico.

 

      Y me contó que era muy pequeña cuando su padre le dijo que eligiera ella el nombre del próximo animalito que naciera. Como estaba aprendiendo a leer y en su cartilla ponía eso de “A” de araña, “O” de oso…se le ocurrió que a cada animal le pondría un nombre que empezase por la letra que le correspondiera. La primera fue una leoncita y la llamó Lara, con “L” de leona. Después vino Rufo, con “R” de rinoceronte (aunque todo el mundo decía que era nombre de perro), Héctor, con “H” de hieno y Cosme con “C” de cebro. Ya lo sé, no hay “hienos” ni “cebros”, sino hienas y cebras hembra y macho, pero eso a Susi no le parecía nada adecuado.

 

        Cuando yo nací, Susi no encontraba un nombre con “J” que le gustase lo suficiente. Marcos es un chico del pueblo que en las vacaciones, trabaja en la reserva ayudando con las tareas de mantenimiento, y a Susi le gusta estar con él porque deja que le ayude en algunas cosas.

 

        -Verás Jilda, -siguió contándome– cuando Marcos me preguntó qué nombre había que escribir en el cartelito de la nueva jirafa, le pedí que me ayudara a escoger uno. El primero que se le ocurrió fue Jilda y a mí me encantó. Cuando mi padre vio el nombre del cartel, le dijo a Marcos:

        -A ver, no seas torpe hombre, Gilda se escribe con “G”.

 

        Según Susi, el pobre Marcos sintió tanta vergüenza que se puso colorado como un tomate. Ella se puso también roja, pero de furia y le dijo a su padre:

        -Eso ya lo sabe Marcos, papá; pero yo le he explicado que, como Jilda es una jirafa, su nombre se tiene que escribir con “J”.

 

        Su padre le pidió disculpas a Marcos y se fue refunfuñando por lo bajito:

       -Esta comino nos pone todo del revés.

 

    -De todas formas -siguió contando Susi–, creo que le gustó la idea porque, de pronto, soltó una carcajada y volviéndose hacia mí, me dijo: -Con “J” de jirafa, muy bueno, eres genial pequeñaja.

 

        Por lo visto, Marcos se sintió aliviado, pero le dijo a Susi que, en realidad, su padre tenía razón; con la ortografía era bastante torpe.

 

       -Si te das cuenta Jilda, gracias a una pequeña torpeza de Marcos, tú tienes un nombre super original y muy bonito –terminó de explicarme Susi.

 

        Me gustó mucho saber por qué me habían puesto ese nombre; pero sobre todo, me gustó descubrir que había algo que se me daba bien. Desde ese día, no me perdí ni una sola clase de yoga con Susi.

 

        Cuando crecí lo suficiente, llegó el momento de ir a vivir con el resto de jirafas en libertad. Recuerdo que me sentía muy asustada y triste por tener que separarme de Susi; aunque ya habíamos acordado un lugar al lado del cercado en el que encontrarnos cada día. Bueno, ella sugirió la idea y yo le di un buen lametón para confirmar que estaba de acuerdo.

 

        Lo más divertido fue montar en el remolque del coche. Susi nos acompañó para que yo estuviera más tranquila. Al bajar del coche, dimos un paseo por la zona para que las demás jirafas me fueran conociendo. Susi me iba diciendo:

       -Tranquila Jilda, lo vas a pasar de miedo, y seguro que pronto conoces un jirafo con el que formar una familia.

        -Susi, eso de jirafo no suena muy bien -dijo su padre.

        -Pues a mí me gusta –respondió Susi.

        Su padre se dio por vencido.

       -Bueno -dijo– total, si se llama Jilda con “J”, también puede conocer algún jirafo. De todas formas, no creo que Jilda entienda lo que dices.

 

        ¡Ah, eso sí que no!, pensé yo. Y le di un empujón con el morro. Él, muy sorprendido, me dijo:

        -Vale Jilda, tampoco es para ponerse así, casi me tiras.

        Susi se empezó a reír:

        -Papá, que tú también estás hablando con Jilda.

        -Sí, pero es que ha empezado ella –contestó él.

 

        Me pareció que el padre de Susi no era tan serio y aburrido como yo pensaba.

 

        Susi y yo nos despedimos con un abrazo y unos lametones y así empezó una nueva etapa en mi vida.

 

       Conocí a un montón de jirafas y fui olvidando mi torpeza, hasta que un día vi a un jirafo (como diría Susi) guapísimo. Estaba hablando con algunas de mis amigas,  se quedó mirándome fijamente a las patas y de pronto, volví a ser la Jilda torpe que no podía dar dos pasos sin tropezar. Las patas me temblaban y se enredaban solas.

 

       Mis amigas me dijeron que quería conocerme, pero yo siempre buscaba alguna excusa para no estar cerca de él.

 

      Una mañana que iba yo a trotecillo ligero para hacer algo de ejercicio, le vi aparecer de repente y no tuve tiempo de reaccionar. Total, que me caí de culo, con las patas traseras enredadas. Entonces le vi venir hacia mí con cara de preocupación y recordé lo que Susi me dijo de aprovechar las torpezas. Enderecé la espalda, cerré los ojos y relajé las patas delanteras para colocarme en la postura de loto, una de las más básicas de yoga.

 

        Cuando el atractivo jirafo llegó a mi lado y preguntó:

        -¿Estás bien? –abrí los ojos y me hice la sorprendida.

        -Sí, claro. ¿Por qué? –dije.

        -Te he visto caerte y…

        Yo no le dejé terminar la frase. -¿Caerme?, que va, hombre. Estaba haciendo ejercicio y para terminar, siempre me gusta relajarme haciendo algo de yoga.

        -¿De qué? –preguntó. 

 

        Le expliqué brevemente lo que es el yoga y cómo lo había aprendido.

        -Vaya, ya me parecía a mí que unas patas tan largas y bonitas tenían que servir para algo especial.

        Cuando le oí decir eso, me levanté de un salto y pregunté:

        -¿No mirabas mis patas porque te parecían raras?

        -Claro que no, me encantan tus patas.

        -Pues resulta que yo no quería hablar contigo porque pensaba que te burlarías de mí.

        -¡Qué tontería! –dijo-. Por cierto, me llamo Jacobo.

        -¡Eh!, con “J” de jirafo –solté.

        -¿Cómo? –preguntó el pobre Jacobo, sin entender.

        -Nada, que yo soy Jilda.

        -Lo sé –contestó –me lo dijeron tus amigas. Hace tiempo que intento conocerte.

 

        ¡Guau!, en ese momento, se me quedaron las patas como gelatina y empecé a tambalearme. Por suerte, Jacobo se acercó a mí para que su cuerpo me sirviera de apoyo y conseguí no caerme delante de él.

 

        Sí, lo habéis adivinado. Ahora, Jacobo y yo somos muy buenos amigos y ya le he presentado a Susi. Ella está muy contenta, dice que el destino me ha enviado al jirafo de mis sueños. A mí, más bien me parece que supe sacar provecho de mi torpeza.

 

 

        

 

 

 

 

 

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  © 2016 Por Rosario López