Dimas, el gusanito glotón

 

        Hola, me llamo Dimas.

 

        Vivo con mi mamá en una manzana de las que tienen la piel roja. Es una manzana grandota, madura y con un sabor dulce buenísimo; como la de Blancanieves, pero sin envenenar, claro.

 

        Mi mamá sabe escoger bien las manzanas. Ella hace un agujero de entrada y va abriendo camino hasta que llega al centro. Yo voy detrás de ella porque todavía estoy aprendiendo. Cuando estamos en el corazón de la manzana, mi mamá prepara nuestro refugio; dos huecos cómodos cerca de las semillas, para que durante los días que estemos viviendo en ella, podamos dormir tranquilos. Después de eso, empezamos a pasearnos por la manzana comiendo trocitos y formando más caminos.

 

        Mi mamá siempre me dice:

        ─Dimas, no te alejes de mí.

 

        ─Jo, mamá, si no estoy tan lejos ─es lo que suelo contestarle. Pero es verdad que algunas veces, me emociono comiendo y me alejo demasiado del         centro.

        ─Claro que no estás tan lejos ─me dijo un día─, pero es porque yo te voy siguiendo para poder vigilarte y que no te salgas de la manzana.

        ─¿Y por qué no puedo salir ni siquiera un ratito? ─le pregunté.

        ─Porque podría verte algún pájaro y te comería al momento, o un humano y te espachurraría sin pensarlo dos veces ─me explicó─. Ya sales conmigo cada vez que nos mudamos de manzana. ¿No te parece suficiente?

        ─Pues no ─dije yo.

        ─Ay, Dimas, qué cabezota eres ─protestó ella.

 

        Estábamos tan entretenidos con la discusión, que no nos dimos cuenta de lo cerca que estábamos de la piel de la manzana hasta que al dar un mordisco, mi cabeza asomó al exterior.

 

        ─¡Estoy fuera! ─grité.

        ─¡Un gusano! ─gritó el niño que tenía delante y que acababa de descubrirme.

        ─¡Entra ahora mismo! ─gritó mi mamá.

 

        Y, por si no fueran suficientes gritos, se oyó de fondo a la mamá del niño gritar:

 

        ─¿Qué dices, hijo? No te oigo desde aquí.

 

        Yo no quería entrar, me parecía muy divertido lo de estar todos chillando casi a la vez.

 

        El niño volvió a gritar para contestar a su madre:

 

        ─¡Que esta manzana tiene un gusano!

        ─Entonces, tírala y coge otra ─dijo ella ya sin chillar porque se estaba acercando.

 

        En ese momento, me di cuenta de que el niño tenía nuestra manzana en la mano. Pero, en vez de tirarla, la soltó con mucho cuidado y cogió otra de un cesto que tenía al lado.

 

        ─He cogido otra, mami ─dijo─ pero ésta no la tiro porque quiero ver el gusano con mi lupa. Voy a buscarla.

        ─Sí, hijo, seguro que el gusano se va a quedar esperando que tú vuelvas ─contestó su madre.

        ─¡Bien! ─gritó él todo emocionado.

 

        Después de asegurarse de que no tenía ningún agujero raro, ni gusanos asomando, dio un bocado enorme a la otra manzana y entró en la casa.

 

        ─Pero qué inocente ─dijo la mamá muy bajito.

 

        A mí se me pusieron las antenas de punta cuando le vi morder la manzana. Primero pensé que habíamos tenido mucha suerte; si yo no hubiera asomado la cabeza, seguro que estaría con mi mamá en la tripa de ese niño. Después pensé que el niño tenía aún más suerte. Cómo me gustaría poder dar un mordisco así de grande a una manzana y tener una cesta llena de manzanas.

 

        Mi mamá tiró de mí y me hizo entrar a la fuerza.

 

        ─Ya me estoy enfadando, Dimas. Eres un desobediente ─me dijo de mal humor.

        ─Lo siento mamá ─dije poniendo cara de bueno─, es que he visto a un niño.

        ─Y él a ti también. Le he oído chillar ─respondió enfadada todavía─. Menos mal que no es un niño de los que se divierten cortando a los gusanos en trocitos o pinchándolos con un palito o metiéndolos en una caja para que no se escapen.

        ─¡Qué va! Sólo ha dicho que quería verme con su lupa. ¿Qué es una lupa? ─pregunté muy intrigado.

        ─Es un objeto que agranda las cosas para poder verlas con más detalle ─me explicó mi mamá, que es muy inteligente y sabe un montón de cosas interesantes.

 

        Y ésta era muy, pero que muy interesante. Por eso seguí preguntando:

 

       ─Y si te miran con una lupa, ¿te quedas grande para siempre o sólo te dura un rato?

       ─A ver, Dimas, no es eso exactamente ─empezó a decir mi mamá y, de repente, cambió de conversación─ ¿Quieres dejar de  comer ya?, no has parado en todo el camino.

       ─Porque esta manzana está muy buena ─contesté. Y seguí dando mordisquitos a un lado y a otro, mientras volvíamos al centro de la manzana.

       ─Lo mismo dijiste de la manzana Reineta ─me recordó.

       ─Es verdad ─dije, mientras empezaba a reírme a carcajadas─, me puse tan morado de manzana que casi exploto.

       ─Sí, ahora te ríes, pero ese día no te hacía tanta gracia cuando empezó a dolerte la tripa ─contestó.

 

       Y tenía razón. Cuando me di ese atracón, llevábamos sólo un día en esa manzana y era la primera vez que probaba una manzana Reineta. Me encantó porque sabía un poco ácida, pero estaba tierna. Estábamos paseando y oímos que alguien hablaba:

 

       ─A mí como más me gustan es asadas ─estaba diciendo.

 

       Y le contestaron:

 

       ─Las mejores para asar son las Reineta. Mira, en ese frutero hay algunas y en este cajón está el descorazonador.

 

       Notamos que la manzana se movía y mi mamá me dijo muy asustada:

 

       ─¡Corre, Dimas!, tenemos que llegar rápido al corazón para poder salir de la manzana y buscar otra.

 

       Empezó a correr y yo la seguí, pero fui comiendo todos los trozos de manzana que pude porque me daba mucha pena irme de esa manzana tan rica.

 

       Justo cuando llegábamos al centro, dejaron el corazón de la manzana encima de una mesa y nos tuvimos que agarrar fuerte a las semillas para no salir volando. Estábamos en nuestro refugio, pero fuera de la manzana. Echamos a correr hasta el frutero para buscar otra manzana que no fuera Reineta o terminaríamos asados.

 

       Fue una aventura muy emocionante, pero cuando entramos en la manzana nueva, tenía la tripa hinchada y empezaba a dolerme por la carrera que me había dado después de haber comido tanto.

 

       ─Tienes razón ─le dije a mi mamá, al recordar lo que os acabo de contar─ dolía un montón.

 

       Me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo otra vez, pero para que no me regañara, volví al tema de la lupa y le dije:

 

       ─Bueno, mamá, explícame cómo funciona una lupa, anda.

       ─De eso nada ─respondió─. Ahora a dormir la siesta. Ya te lo contaré después, si estoy menos enfadada.

 

       Nos quedamos dormidos enseguida. Al poco rato, yo me desperté pensando en el pobre niño que creía que yo estaría esperándole. Me levanté muy despacio para no despertar a mi mamá y volví por el mismo camino hasta el agujero por el que había sacado la cabeza.

 

       ─¡Eh, si estás aquí! ─dijo el niño─. Pensaba que te habías escondido.

       ─Sí, mi mamá me ha obligado a esconderme, pero ahora que está dormida he aprovechado para venir a verte ─le contesté.

       ─Vaya, eres muy valiente ─dijo él─. Todos los bichos corren a esconderse cuando me acerco a ellos.

       ─Yo te oí decir que tienes una lupa. Seguro que los otros bichos no lo saben ─respondí. Y antes de que él pudiera decir nada, aproveché para preguntar:

       ─¿La has traído?

       ─Sí, mira, aquí está ─contestó enseñándome un objeto parecido a la manguera de regar el jardín, pero que no lanzaba agua, sino pequeñas burbujas amarillas, que iban hinchándose y creciendo hasta que explotaban.

       ─Cómo mola ─dije yo─, ¿pero cómo se agrandan las cosas con la lupa?

       ─Es muy fácil ─respondió─, sólo hace falta apuntar a lo que quieras ver crecer y conseguir que una burbuja lo envuelva. Verás.

 

       Disparó apuntando a una plantita que empezaba a brotar de la tierra. Cuando la burbuja la envolvió, la planta fue creciendo a la vez que la burbuja y cuando la burbuja explotó, la planta quedó libre, pero era mucho más grande.

 

       ─¡Apúntame y dispara, porfa! ─grité emocionado─. Quiero ser tan grande como tú.

       ─¿Estás seguro? ─preguntó indeciso.

       ─Claro ─dije yo convencido─, así podremos comer manzanas juntos.

       ─Vale, será divertido ─contestó disparando hacia mí.

 

       Como tenía muy buena puntería, acertó a la primera. Me encontré metido dentro de una burbuja y pensé que la lupa se había estropeado porque veía cómo el niño se iba haciendo cada vez más pequeño, hasta quedarse de mi tamaño. Cuando se explotó la burbuja me di cuenta de que era yo el que había cambiado de tamaño y ahora era tan grande como el niño. Los dos estábamos entusiasmados.

 

         ─Me gusta que seamos iguales ─me dijo─. Por cierto, ¿cómo te llamas?

         ─Dimas, ¿y tú? ─pregunté.

         ─Me llamo Daniel, pero todos me llaman Dani ─me explicó. Y enseguida preguntó─ ¿Qué te apetece hacer?

 

          A mí no me hizo falta pensarlo mucho.

 

          ─Comer manzanas ─contesté.

          ─Bueno ─dijo Dani─, si te parece bien, podemos coger unas cuantas primero y después nos comemos alguna.

          ─Sí, estupendo ─dije.

 

          Cogimos una cesta y nos acercamos a la zona de los manzanos. Dani me dijo que su mamá cogía las manzanas de los árboles, pero él sólo podía coger las que se caían al suelo porque no le dejaban subirse a la escalera para coger las de los árboles. Fuimos cogiendo manzanas y guardándolas en la  cesta, aunque yo no guardé todas las que cogí. Me debí comer unas cinco o seis. Estaban tan buenas… Cuando se llenó la cesta, Dani decidió que nos sentáramos a la sombra a comer alguna y pensar en algo entretenido que hacer, mientras nos contábamos cosas sobre nosotros para conocernos mejor.

 

          Me contó que ya iba al cole y que le gustaba mucho jugar con los otros niños. Me dijo que si quería podía acompañarle un día.

 

          Yo le conté que lo que más me divierte es seguir a mi mamá cuando estrenamos una manzana y ver cómo se va formando el camino para que yo pueda pasar.

 

          ─Ya me deja hacer algún camino cortito ─le dije─ pero todavía tengo que practicar para hacerlo tan bien como ella.

          ─Parece muy difícil ─comentó.

 

          Yo empecé a decir:

 

          ─Si quieres, puedes venir con nosotros un día y…

 

          Pero me quedé callado al darme cuenta de que Dani no cabía en una manzana. Los dos nos empezamos a reír y él dijo:

 

          ─Tendría que ser una manzana gigante.

 

          Nos habíamos sentado justo enfrente de la lupa y, de pronto, se me ocurrió una idea genial.

 

          ─Dani, si disparas a una manzana con la lupa, podría crecer un montón ─le dije.

          ─¡Qué buena idea! ─gritó.

 

          Cogió la lupa, apuntó a una manzana y al rato, ya teníamos nuestra manzana gigante. Hice un agujerito en la piel y dije:

 

          ─Ahora sólo tienes que seguirme.

 

          Mi mamá me había explicado que cuando haces el primer agujero en una manzana, no hay que comerse todos los trozos que vas arrancando porque es un camino muy largo hasta llegar al centro y te puedes empachar. Pero como yo soy bastante glotón, fui comiéndome todos los trozos que mordía y a mitad de camino, ya no podía comer más, sobre todo por todas las manzanas que me había comido cuando estuvimos llenando la cesta. Me empezaba a doler la tripa y estaba tan hinchado que no me podía mover.

 

          ─Dani, creo que no puedo seguir avanzando ─dije─. Tira de mí para que podamos volver por el mismo camino, ¿vale?

 

          Dani empezó a tirar de mí con todas sus fuerzas, pero no conseguía moverme.

 

          ─Lo siento, Dimas ─se quejó─, no puedo moverte, estás atascado.

 

          El dolor de tripa era muy fuerte y empecé a gritar nervioso:

 

          ─¡Inténtalo, Dani! Tira fuerte, por favor. Quiero ser pequeño otra vez. Ya no quiero comer más manzanas. ¡Me duele muchooooo!

          ─Y más te tenía que doler por glotón ─oí que decía una voz a lo lejos─. Despiértate de una vez y deja ya de gritar.

 

          Se parecía mucho a la voz de mi madre. Abrí los ojos y la vi.

 

          ─¡Aaaaah! ─grité─ ¡Mamá, eres grande!

          ─Sí, Dimas, ya sé que soy la mejor y la más grande. Pero lo dices para hacerme la pelota ─me dijo.

          ─Que no, mamá. Digo que eres grande como Dani y como yo ─le expliqué.

          ─¿Quién es Dani? ─preguntó─. Estabas soñando y no parabas de llamarle.

          ─¿Soñando? ─pregunté─. No puede ser, si he visto la lupa disparando burbujas y me he hecho grande y he comido manzanas…

         ─Espera, Dimas ─me interrumpió─, ¿la lupa disparando burbujas? ¿De dónde has sacado eso? Ves, esto es lo que pasa cuando comes demasiado; duermes mal y el empacho te hace soñar cosas raras.

        ─No eran cosas raras, mamá. Eran divertidas ─contesté.

 

       Le conté mi sueño y se partía de risa. Me explicó cómo son las lupas y que sólo hacen que las cosas se vean más grandes, no que crezcan. 

 

       ─¡Qué pena! ─me lamenté─, mi lupa me gustaba más.

       ─¿Y comer manzanas enteras también? ─me preguntó.

       ─Pensaba que sí ─dije yo─, pero ahora me da un poco de asco.

       ─Todavía te duele la tripa, ¿verdad? ─dijo mi mamá riéndose.

 

       Le dije que no, aunque me dolía un poco.

 

       ─Claro, ha sido sólo un ligero empacho por comer algunos trocitos de más de manzana. Si te hubieras comido un montón de manzanas enteras como en tu sueño, seguiría doliéndote durante días ─me advirtió─. Espero que esta vez hayas aprendido algo.

 

       Yo quería contestar, pero no me salía la voz. Estaba muy cansado y se me cerraban los ojos. Me quedé dormido y como ya casi no me dolía nada, no soñé cosas raras, como las llamaba mi mamá. A mí me siguen pareciendo cosas divertidas, menos lo de quedarme atascado en la manzana, que me asustó un poco.

 

       Después de ese atracón, estuve dos días sin comer. Desde entonces, intento no ser tan glotón. Pero cuando recuerdo lo que soñé, pienso que tiene que ser muy divertido hacer cosas distintas cada día y correr aventuras.

 

       Ya os he dicho antes que mi mamá y yo vamos cambiando de una manzana a otra y cuando alguna vez hemos estado en peligro, ha sido muy emocionante. Pero a mí me parece que siempre hacemos lo mismo.

 

       Sé que algunos gusanos viven en diferentes frutas y creo que eso tiene que ser más interesante. Estoy intentando convencer a mi mamá para que cambiemos de fruta, aunque a ella no le parece tan buena idea. Si no consigo que me haga caso, cuando me haga mayor y pueda vivir solo, probaré todas las frutas que encuentre. Y cuando lo haga, os contaré qué tal me va.

 

 

   

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  © 2016 Por Rosario López